Por estos días mi país está en boca de todos. Es tema obligado en cada saludo, en cada tweet, en cada noticiero.

Mi madre no se despega de su televisor, sufre cada atropello que se vive en las calles de Venezuela, al igual que lo sufrimos quienes hemos tenido que vivir toda esta pesadilla en la distancia.

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Yo salí de mi país hace 7 años. Una propuesta laboral en el extranjero y haber sido víctima de la delincuencia en varias oportunidades me llevó a convertirme en eso que llaman inmigrante.

Llegar a una nueva ciudad, un nuevo trabajo, en medio de un proceso de divorcio y con una niña recién nacida, no fue exactamente un comienzo fácil. Pero tengo que agradecer todas las oportunidades que este país me ha dado. Aunque les confieso que el duro golpe de separarme de mis afectos, mi comida, mis panas y mis esquinas es como una enfermedad de la que nunca te curas.

Quizá por eso, ver lo que le han hecho al país donde yo crecí, es tan difícil de entender para mí.

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No es esa la Venezuela que yo recuerdo, la que me regalaron mis padres, la de los amigos que son más hermanos que amigos, la de la risa fácil y la guachafita, la de la arepita y el papelón a cualquier hora. ¿A dónde se han llevado mi país?

Hoy Venezuela vive un luto interminable. Y los que estamos lejos nos sentimos, sí, un poco culpables por no estar allí. Nos sentimos impotentes, nos sentimos frustrados buscando la manera de estar allí, sin estar allí realmente.

Siempre he pensado que si alguien tiene poder y no sabe cómo usarlo, las cosas terminan muy mal. Y esa es la historia de este capítulo nefasto que por 18 años ha intoxicado un país rico, un país de grandes talentos, el país ideal para emigrar. Como diríamos, éramos el país más chévere.

Pero por otro lado, también soy una optimista empedernida, creyente fiel de los finales felices. ¿Por qué tenemos que aferrarnos a lo que ya tuvimos y nos quitaron? Porque el venezolano de a pie que yo conocí prefiere lanzar piropos y no piedras. Es el mismo venezolano que, estoy segura, sueña con despertar en ese paraíso que fuimos, esa pequeña Venecia de Colón.

Lo que sí ha quedado claro es que ya el miedo se acabó. Que cada venezolano ha decidido jugárselo todo para tener a su país de vuelta. Que estos días tan oscuros, pronto solo serán un mal recuerdo, y vendrá la paz, porque lo necesitamos, porque lo merecemos, porque es de vida o muerte.